Poniendo en forma empresas
altamente productivas y plenamente humanas

 

 

kurt seyit ve şura

Untitled Document
compartir

formación

  curso de formación social
  principios
  campus virtual

 

integración

  sesión comida
  perspectivas

  congresos
  equipos

  think camp

 

transformación

  talleres

  curso de iniciación social

  protocolo

  casos

  sendero espiritual

 

servicios

  aula virtual
  e-biblioteca
  directorio
  boletín

 

comunidad

  expositores
  USEM Jóven

 

multimedia

  videos

  podcast

  webinars

 

Filosofía de la empresa, y de la filosofía, una empresa

Por Héctor Zagal


Carlos LlanoSabíamos que el telón caería pronto. El deterioro era evidente y, sin embargo, me cuesta asumir el hecho. Frecuentemente la verdad es inverosímil. Me hubiese gustado llorar a moco suelto, pero las lágrimas no funcionan así. Hace unas horas acabo de asistir a una reunión, donde la gente habló de la muerte del Dr. Llano como si fuese un incidente absolutamente trivial. Recibieron la noticia con la apatía de quien se entera de un golpe de Estado en Gabón o una revuelta en Tailandia. En un primer momento, tal indiferencia me molestó. En un segundo momento, ahora que escribo, comprendo que, para ellos, Carlos Llano era una figura abstracta.

A mí, en cambio, me enseñó y me protegió. No fue mi amigo, pues la amistad requiere de una intimidad y un trato que nunca sostuvimos. Probablemente pocos se pueden preciar de haber sido amigos de Carlos Llano; hasta en eso, en los afectos, era un hombre extraordinariamente templado. Casi estoico. Es uno de los pocos rasgos de su carácter que nunca admiré. Llano era terriblemente disciplinado con el uso del tiempo. Esa sobriedad no significaba ausencia de cariño. Lo había. Pero la amistad se teje entre iguales y, muy a pesar de mis libros y de mis éxitos —menudos o grandes, lo mismo da— siempre lo miré como un superior.

A él le dediqué mi primer libro. “A Carlos Llano, que me enseñó a hacer filosofía de la empresa; y de la filosofía, una empresa”, reza la dedicatoria. Él me financió la publicación de mi primer libro de filosofía, el de la inducción en Aristóteles. Según esto, consiguió un donativo de su madre para tal propósito. Y no hace mucho, me ayudó a publicar otro texto de filosofía.

Pienso en el Dr. Llano como un hombre que cultivó la magnificencia, una virtud rara, propia del caballero aristotélico. Carlos Llano era sobrio y austero consigo mismo, jamás tacaño. Hace unas semanas, le ayudé con un discurso. Recibí un pago estupendo, que superó mis expectativas. Así fue siempre conmigo: magnífico.

El año pasado me convidó al San Ángel Inn para comer con un importante funcionario del mundo cultural. Quería hacerme partícipe de sus relaciones. Frecuentemente ponía a mi servicio sus contactos personales. No había en él rastros de egoísmo, ni del espíritu díscolo y envidioso, tan difundido entre los mandarines de la cultura.

Una idea suelta. Recién egresado de la carrera, le pregunté cómo mejorar mi redacción. Me recomendó leer a Azorín, en concreto, Las memorias de un pequeño filósofo. Fue uno de los consejos más útiles que he recibido. Buen consejo para aprender a utilizar el punto y seguido.

Conforme maduré, tomé distancia intelectual de él. Por ejemplo, no le gustó mi libro Gula y cultura; percibió en él un tufillo frívolo. En otra ocasión, le comenté que su posición sobre el divorcio coincidía grosso modo con Horkheimer. Se molestó mucho: “Los católicos tenemos suficientes argumentos y no necesitamos de ellos”, objetó. A pesar de ese amable distanciamiento siguió encargándome pequeños trabajos; enterado de mis necesidades económicas, pude contar con esos ingresos complementarios.

Yo, por mi parte, me comporté como discípulo. Los estudiantes de filosofía saben que continuamente me refería a él en clase. Era --lo seguirá siendo-- un punto de referencia.

Evidentemente, mi actitud crítica iba de la mano del estudio de su obra. Distanciado, sí; pero al mismo tiempo, yo bebía de sus libros. ¡Vaya que le he sacado partido al tema del acierto y la verdad práctica!

A él le debo mi contacto con el queridísimo maestro Fernando Inciarte de la Universidad de Münster. Ambos habían coincidido en el Colegio Romano del Opus Dei. Se admiraban mutuamente. El caso es que yo pretendía doctorarme en Alemania. Ni siquiera había concluido la licenciatura y el Dr. Llano se movió para contactarme con Herr Professor. Literalmente, Llano me abrió las puertas de Münster. Eso sería motivo suficiente para estarle agradecido.

Más tarde pretendí estudiar con Eduardo Nicol en la UNAM, algo prácticamente imposible. Llano intentó abrirme un espacio en el seminario de este profesor. Al final abortamos la gestión por otros motivos: la filosofía analítica me había embelesado.

Cuando me sentí filósofo de la empresa, le consulté sobra la conveniencia de conseguir un coautor para escribir un libro de ética de los negocios. Su respuesta me fulminó. Él se ofreció a ser coautor conmigo. Publicamos en Trillas. Él mismo me llevó con uno de los señores Trillas para presentarle, de parte de los dos, nuestro manuscrito. Cuando el libro se publicó, en el lomo sólo apareció el apellido "Llano" —en portada, por supuesto, luce el “Zagal” emperifollado con el “Llano”. Le escribió, entonces, una carta indignada al editor por ese minúsculo desprecio hacia mi persona.

Otro recuerdo. Yo era estudiante de la licenciatura . Él era rector de la Panamericana y mi profesor. Le pedí una cita para hablar de filosofía. Supongo que lo busqué para discutir sobre los posibles temas de tesis. Me interesaba el principio de no contradicción. Me recomendó estudiar el teorema de Gödel, del cual entendí muy poco. Llano me regaló un libro sobre el tema. Típico gesto suyo: facilitar el material de investigación.

Durante esa entrevista le pidió a Josefina, su secretaria, un expediente. Ella le contestó que no lo encontraba. Llano, de una manera firme, muy a la española, le ordenó: “¡pues búsquelo!”.

A los pocos días recibí una llamada de su oficina. El rector quería verme de nuevo. Acudí a la cita con curiosidad. “Héctor, te busqué porque quiero que sepas que hice mal, que la otra vez traté mal a la secretaria, y quiero que sepas que no se trata así a la gente”. Aquello me conmovió hondamente. Yo era un escuincle de 21 años.

Al final del día, caigo en la cuenta de que era un gran maestro: me apoyó, me animó, no me asfixió ni me convirtió en su sombra. Precisamente por ello pude disentir con él en tantos puntos. Podría contar más detalles, pero no quiero dormirme sin publicar, hoy, el día de su muerte, esta nota. Dr. Llano, muchas, muchas gracias por todo.

 



Califica este artículo

WorstNot so goodOKPretty GoodExcellent